El automóvil ha tenido un lugar prioritario en la construcción de ciudad bajo la premisa de “qué es lo que debemos hacer para llegar más rápido a donde necesitamos”. La respuesta hasta ahora ha sido que necesitamos más espacio para evitar la congestión vial. Es así como levantamos calles, construimos una sobre otra y la ciudad comienza a volverse más y más vialidad para que el automóvil circule mejor.

Sin embargo, en el camino de construcción de estas ciudades rodeadas de anuncios y espectaculares de automóviles avanzando en carreteras libres, de frecuencias de radio saturadas de reportes de tráfico y periódicos con recurrentes noticias sobre embotellamientos, hay otra información que ha quedado enterrada, y con ella, muchas preguntas que no se están haciendo.

Hablar de construir ciudad y de movilidad urbana sin cuestionar la prioridad del automóvil es como suponer descansar sin tender la cama: la maraña de cobijas se interpondrá en el

camino hasta que no le pongas atención, la extiendas y la alises. Lo mismo necesitamos hacer con la ciudad, darle una sacudida a las preconcepciones que tenemos sobre la movilidad y la calle, cosa en la que necesariamente se debe hablar del automóvil.

En primer lugar, tenemos algunos datos. Las encuestas origen-destino son algo esencial para tomar decisiones sobre cómo resolver problemas de movilidad: ¿de dónde viene y a dónde va la gente?, ¿por dónde? y aún más importante: ¿en qué medio de transporte? Estas encuestas no se realizan muy frecuentemente, la última que tenemos fue hecha en todo el país por Inegi y es de 2007.

Esta encuesta nos pinta un panorama bastante revelador: sólo 20 de cada 100 viajes en la Ciudad de México se realizan en automóvil. Eso significa que todas la demás personas que día a día se mueven por las calles de esta enorme ciudad no se mueven en coche, sino que practican algo que se llama “intermodalidad”, esto es, que usan al menos dos medios o modos de transporte para llegar a sus destinos: el 80% de los habitantes de la ciudad caminamos y usamos el transporte público en sus diferentes versiones: metro, microbuses, peseros, camiones, RTP, Metrobús.

De lo que nos podemos dar cuenta con este primer dato es que la mayoría de la gente que transita en la Ciudad de México se apretuja en el Metro o en los microbuses y camiones atorados entre el tráfico de calles llenas de automóviles, estos últimos muchas veces ocupados por un solo pasajero, el conductor. Esas 80 de cada 100 viajeros urbanos, cuando caminan se ven hostigados por todo el que está sobre un vehículo, como si el peatón no perteneciera a la calle, como si se le hiciera un favor al dejarlo andar por ella.

Ahora, volviendo a los datos, la realidad es que vivimos en una Ciudad Peatón, pero nuestra percepción de las cosas es completamente contraria. En los últimos años ha habido cambios en este sentido, y cada vez son más y más visibles las iniciativas de hacer ciudad para el peatón.

Comenzar a llamar a la Ciudad de México la Ciudad Peatón es legitimar algo que nunca dejó de existir: caminar es la vocación de esta (y cualquier otra) ciudad.

Sin embargo, si esto no se habla es como si no existiera. Hagamos que la Ciudad Peatón exista. El entendimiento de cómo embonar la idea con el hecho de la Ciudad Peatón está en construcción y los ejemplos para que esto suceda pueden y deben ser muchos más, y es justamente por eso que estamos tomando el tema para la segunda edición de nuestro foro Exploraciones para una megalópolis, para encender la conversación y explorar desde diversas mentes este tema, ya que esta ciudad, la gran Ciudad de México, tiene muchas cabezas hambrientas y creativas que al intercambiar ideas se embarcan en la posibilidad construir mejor esta megalópolis, de hacerla un espacio más adecuado para todos.

Texto extraído de: http://labplc.mx/ciudadpeaton-la-ciudad-perdida/