A principio de los años 1970, una gran “crisis de la energía” vino a sacudir el confort de los países ricos. Consistía básicamente en el miedo de los ciudadanos de América y de otras partes de que tuvieran que disminuir el número de sus esclavos. Los abogados de la crisis de la energía promovían una curiosa imagen del hombre. Según ellos, su bienestar se podía medir al número de sus esclavos mecánicos. De hecho, lo que sin que se diga deciden las políticas de la energía es el margen de libertad de la que gozará la sociedad, pues la libertad es inversamente proporcional al número de estos esclavos. Una política de bajo consumo de energía permitiría una gran libertad en las opciones de modo de vida y de cultura. Si, por el contrario, una sociedad opta por un fuerte consumo de energía, terminará inevitablemente siendo dominada por una tecnocracia que, sea bajo una etiqueta capitalista o socialista, se volverá igual de intolerable.

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De acuerdo a Illich, el principal producto de la industria del transporte es un tipo humano, el hombre totalmente sometido a las normas, a los horarios y a los ritmos impuestos por ésta industria. Este usuario acostumbrado es un ciudadano con la imaginación paralizada. Trasformado en un objeto que está siempre en ruta hacia otro destino, habla un lenguaje nuevo. Para él, la liberad de movimiento se vuelve derecho a ser transportado. Ya no lucha por garantizar su libertad de movimiento, sino para asegurarse un lugar en un vehículo. Representa un nuevo género de errante, eterno ausente perpetuamente alejado de su próximo destino.

La circulación vehicular funda un monopolio mucho más dominante que el monopolio comercial
de General Motors sobre el mercado del automóvil o el monopolio político de la industria automóvil contra
los transportes colectivos. Por su carácter atrincherado, su poder de estructurar los espacios y
los tiempos de la sociedad, este último monopolio es radical. Cuando una industria se arroga el derecho de satisfacer, ella sola, una necesidad elemental hasta ahora objeto de una respuesta individual, ejerce un monopolio radical. Tal monopolio restringe las condiciones de gozo de un valor de uso otrora sobreabundante.

La circulación nos sirve aquí de ejemplo para formular una ley económica y política general: cuando un producto excede cierto límite en el consume de energía por cabeza, ejerce el monopolio radical sobre la satisfacción de una necesidad.

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Con el fin de explorar los límites que hay que imponer a todos los servicios para mantener la sinergia positiva entre la autonomía y la heteronomía, Illich propone una forma de investigación a contra-corriente disciplinada, rigurosa y alejada de todo control profesional. Exige de los que la practican un compromiso con una existencia frugal y la convicción de que los profesionales la considerarán una amenaza, ya que la frugalidad amenaza al experto. Ésta investigación es subversiva, pues cuestiona el acuerdo general sobre la necesidad de desarrollar los transportes y la falsa oposición política entre partidarios del transporte público y defensores del transporte privado

Una política de bajo consumo de energía permitiría una gran libertad en las opciones de modo de vida y de cultura. Si, por el contrario, una sociedad opta por un fuerte consumo de energía, terminará inevitablemente siendo dominada por una tecnocracia que, sea bajo una etiqueta capitalista o socialista, se volverá igual de intolerable.

El dominio de la industria del transporte sobre la movilidad humana oprime el tránsito en beneficio del transporte. La circulación se vuelve entonces una esclavitud. Despachado siempre más lejos, constantemente obligado a estar en otra parte en una o dos horas, el ciudadano vuelto usuario habitual ya no puede vagabundear, callejear, ir a la aventura.

Texto completo en http://www.ivanillich.org.mx/1energia.pdf