(en: Revista de crítica cultural, No. 33, Santiago de Chile, junio 2006)

 […] la alcaldía de Bogotá contrató una compleja encuesta sobre contextos ciudadanos, sentido de justicia, relaciones con el espacio público, etc., y dedicó a su campaña de Formar Ciudad una enorme suma: el 1% del presupuesto de inversión del Distrito Capital. Emprendió entonces su lucha en dos frentes –la interacción entre extraños y entre comunidades marginadas– y con cinco programas estratégicos: el respeto a las normas de tráfico –mimos en las cebras–, la disuasión del porte de armas –a cambio de bienes simbólicos–, la prohibición del uso indiscriminado de pólvora en festejos populares, la “ley zanahoria” –fijación de la una de la madrugada para el cierre de establecimientos públicos donde se expenden licores con propuestas de cocteles sin bebidas alcohólicas–, y la “vacunación contra la violencia”, un ritual público para aminorar la agresión entre vecinos, familiares y el maltrato infantil.

A mediados de los años noventa, Bogotá añadía a la permanente informalidad de sus procesos de urbanización –construcción destructiva de buena parte de su memoria, déficit brutal de vivienda social, precariedad de los servicios y caos del trasporte público– una ausencia creciente de espacios públicos compartibles o al menos “caminables”. Y un cargado escenario de violencias múltiples: desde sus altos índices de criminalidad e inseguridad, pasando por la agresión en los ámbitos vecinales donde operaban las venganzas, el maltrato entre familiares y los delitos sexuales. Valga esta imagen que focalizaba la relación de la mayoría de la población con la ciudad: “Sus habitantes transitaban entre la casa y el lugar de trabajo como si lo hicieran por entre un túnel”. Pero esa misma Bogotá eligió para alcalde en 1995 al exrector de la Universidad Nacional, el matemático y filósofo, Antanas Mockus –de padres lituanos que huyeron de la guerra en su país primero a Alemania y después a Colombia–, quien se postuló como candidato sin el apoyo de ningún partido político, pese a lo cual dobló en votos a su mayor oponente, formando su gobierno con independientes y gente proveniente de la academia. Esa decisión transformaría radicalmente el futuro de Bogotá. Desde los dispositivos simbólicos de esa campaña, la ciudad asistió a una experiencia política radicalmente nueva cuyo resumen estaba en el que fue su lema de gobierno: formar ciudad. Esto significaba tres cosas: lo que da su verdadera forma a una ciudad no son las arquitecturas ni las ingenierías sino los ciudadanos, pero para que ello sea posible los ciudadanos tienen que poder re-conocerse en la ciudad; y ambos procesos se basan en un tercero: el de hacer visible la ciudad como un todo, es decir, en cuanto espacio/proyecto/tarea de todos. Si antes la ciudad era invisibilizada por sus múltiples desastres y por los mil fallos en los servicios públicos desde los que la gente se sentía afectada cotidianamente –fallos en el acueducto, la energía eléctrica, el transporte, etc.–, de lo que se trataba era de que la mirada cambiara de foco, y pasara a percibir esas deficiencias ya no como un hecho inevitable y aislado, sino como el rasgo de una figura deformada en su conjunto, de una figura deforme, sin forma. Y fue así como la ciudad comenzó a hacerse visible a través de una serie de estrategias comunicativas callejeras que sacaron a sus habitantes del “túnel” por el que la atravesaban provocándoles mirar y ver. La primera fueron los más de cuatrocientos mimos y payasos –estratégicamente ubicados en múltiples lugares de la ciudad especialmente congestionados– que señalaban las líneas de zebra para el paso de peatones y los acompañaban, con el consiguiente revuelo, protestas y desconciertos que ello ocasionaba tanto entre los conductores de automóviles como entre los asombrados transeúntes. Lo que en principio se tomó como un “mal chiste” del alcalde se convirtió pronto en una pregunta acerca del sentido del espacio público, pregunta que encontró muy pronto su traducción en gestos y conductas: la alcaldía regaló a miles de conductores de automóvil un tarjetón en el que se veía, por una cara, el gráfico de un dedo pulgar hacia arriba, y por la otra del pulgar hacia abajo, que muy pronto aprendieron a usar para aplaudir las conductas respetuosas de las normas y solidarias, o bien para reprochar las infracciones y agresiones. A los pocos meses se abrió un concurso para que Bogotá tuviera himno, pues una ciudad sin himno no se oye. Y después vino la aparición de la zanahoria como signo de la muy polémica implantación de una hora-tope para los establecimientos de bebidas alcohólicas. Y después los rituales de vacunación contra la violencia que los niños aplicaban a los adultos, la instalación en los barrios más pobres de casas de justicia para que la gente dirimiera sus conflictos localmente y sin aparato formal, la creación de la noche de las mujeres, etc.

El otro hilo conductor fue el de una política cultural encomendada al Instituto Distrital de Cultura, el cual pasó de estar dedicado al fomento de las artes a tener a su cargo la articulación de los muchos y muy diversos programas culturales en los que se desplegaba el proyecto rector de Formar Ciudad; proyecto en el que se insertaban tanto las acciones de la alcaldía como las de las instituciones especializadas de cultura y las de las asociaciones comunitarias en los barrios. Paradoja: mientras los estudiosos de las políticas culturales en América Latina estábamos convencidos de que no podía haber política cultural sino sobre las culturas especializadas e institucionalizadas –como el teatro, la plástica, la danza, las bibliotecas, los museos, el cine o la música–, la propuesta de Formar Ciudad estuvo dedicada a poner las artes en comunicación con las culturas de la convivencia social desde las relaciones con el espacio público –en los andenes y los autobuses, los parques y las plazas– hasta las reglas de juego ciudadano en y entre las pandillas juveniles.

La ruptura y la rearticulación introducidas les sonaron a blasfemia a no pocos, pero otros muchos artistas y trabajadores culturales vieron ahí la ocasión para repensar su propio trabajo a la luz de su ser de ciudadanos. El trabajo en barrios se convirtió en posibilidad concreta de recrear, a través de las prácticas estéticas, expresivas, el sentido de pertenencia de las comunidades, la reescritura y la percepción sus identidades. Redescubriéndose como vecinos, se descubrían también nuevas formas expresivas tanto en las narrativas orales de los viejos como en las oralidades jóvenes del rock y del rapp. Un ejemplo precioso de esa articulación entre políticas sobre cultura ciudadana y culturas especializadas es el significado que empezó a adquirir el espacio público y los nuevos usos a los que se prestó para el montaje de infraestructuras culturales móviles de disfrute colectivo. Devolverle el espacio público a la gente comenzó a significar no sólo el respeto de normas, sino su apertura para que las comunidades pudieran desplegar su creatividad cultural en un proceso en el que ciudadano empezara a significar no sólo participación sino también pertenencia y creación.

El conjunto de estrategias simbólicas movilizadas en la ciudad de Bogotá encontró su colofón en la creación de la Veeduría ciudadana, una institución puesta en marcha al comenzar la segunda alcaldía de A. Mockus entre el 2001 y el 2004. Se trata de una institución impulsora y organizadora de los ciudadanos por comunas,

en cada una las localidades en que se halla dividida la administración de Bogotá, de forma que ellos puedan

hacerse-ver y valer en la formulación de demandas, en la instauración de denuncias y en la elaboración de proyectos sociales y culturales. Veeduría es una palabra cuyos lazos con el ver y lo visible no son únicamente fonéticos; pues si lo propio de la ciudadanía es hoy su estar asociada al “reconocimiento recíproco”, ello pasa decisivamente por el derecho a ser visto y oído, ya que equivale al de existir/contar social, política y culturalmente tanto en el terreno individual como el colectivo, en el de las mayorías como en el de las minorías.

Texto completo en: http://es.scribd.com/doc/6315045/Nuevas-visibilidades-politicas-de-la-ciudad-y-visualidades-narrativas-de-la-violencia