Urbano, vol. 9, núm. 14, noviembre, 2006, pp. 44-55, Universidad del Bío Bío
Chile

La irrupción del automóvil dentro de la ciudad; la tipología dominante del edificio alto de oficinas y la dispersión del hábitat, la producción y el consumo, constituyen algunos de los factores de mayor incidencia en la desintegración del tejido histórico. Hasta la década del cincuenta, la función administrativa no entró en conflicto con la trama homogénea. Desde la Escuela de Chicago hasta el Rockefeller Center en Nueva York, la búsqueda de un equilibrio entre edificaciones disímiles constituía un objetivo a alcanzar. En Europa, se interpretó la torre de oficinas como nuevo símbolo solitario, sumado a los anteriores de la iglesia o el capitolio. Recordemos la “torre de Cristal” de Mies van der Rohe para el centro de Berlín (1921), o la torre Velazca de BBPR (1950) próxima a la catedral de Milán. Los siete edificios altos distribuidos en Moscú por Stalin también creaban hitos simbólicos aislados dentro de la ciudad. Al multiplicarse los gigantes de acero, surgieron dos alternativas: una planteada por Le Corbusier en los rascacielos “cartesianos” que establecía un nuevo orden formal y espacial integrador del conjunto de edificios altos. Otra, basada en la acumulación de torres diferenciadas y antagónicas sobre la isla de Manhattan, expresión según Koolhaas, de la libertad creadora individual y de la subjetividad “surrealista” que preanuncian la actual fantasía de lo irracional como componente estética dominante. Sin embargo, en ambas soluciones, existía un trazado unificador del centro de la ciudad; abierto en La Ville Radieuse y cerrado en Nueva York.

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Aparece entonces según Rem Koolhaas, un nuevo modelo, la Generic City anunciada para el siglo XXI, imagen de una idea del progreso asociado con el placer del “orgasmo en vez de la agonía”. Localizada en Asia, de carácter multirracial, es la expresión de la libertad total de intervención, cambio y funcionalidad. Es la apoteosis de las múltiples elecciones donde no predominará ningún estilo arquitectónico, bajo el imperio del free-style. Es una especie de sketch que nunca alcanza su forma definitiva, como los merzbau de Kurt Schwitter. Nada existe que no sea necesario, nada es estático y permanente.

Sólo un fragmento del pasado queda reducido a un barrio – el lipservice (la historia como servicio) -, casi un Disney world “real”. Tradición e identidad desaparecen de la problemática metropolitana: se trata de una post-city que sustituye la ex-city. Queda negada la tesis de Nazim Hikmet: “Hay dos cosas que uno sólo olvida con la muerte: el rostro de su madre y el rostro de su ciudad”. Ante estos vaticinios se justifica plenamente el pesimismo de Umberto Eco, Norberto Bobbio, Félix Guattari y Jean Baudrillard sobre el futuro del hombre, la libertad, la solidaridad, el amor y el bienestar de los “más”.

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Hoy asistimos a la lucha entre los movimientos progresistas – sociales y profesionales -, que intentan salvar el valor social del tejido sin negar los cambios requeridos por la modernización. Intentos precarios frente a los intereses del gran capital internacional y de los especuladores inmobiliarios, decididos a sacrificarlo todo – hasta la ética y la moral -en aras del beneficio económico.

Son las fuerzas que imponen la privatización indiscriminada del espacio urbano, los edificios de oficinas “inteligentes” en el centro – en un medio de dudosa eficiencia -; los gigantescos shoppings introvertidos y los condominios cerrados en las exclusivas periferias. Constituye un nefasto camino hacia el aislamiento y la segregación de los grupos sociales emergentes, creando una sumatoria de islas independientes entre sí en antítesis con la idea de Collage City de Colin Rowe. Se trata sólo de un fenómeno reciente que demuestra el desconocimiento por parte de la clase dirigente de su propia trayectoria cultural aplicada desde el poder político: a pesar del intento de sustituir el “sub- desarrollado” pasado colonial en las transformaciones urbanas de inicios de siglo, tanto el eclecticismo como la Primera Modernidad no quebraron la continuidad del tejido citadino ni la coherencia del vocabulario formal como factores esenciales entre la articulación entre lo nuevo y lo viejo. En las ciudades “nuevas” – La Plata y Belo Horizonte -, y en las tradicionales, el respeto a los diversos niveles de socialidad urbana aparece en los planes de Agache, Bouvard, Forestier y Rotival para Río de Janeiro, Buenos Aires, La Habana y Caracas; está presente en la tipología de los edificios de apartamentos, tanto Déco como racionalistas, cultos y populares, en la mayoría de las capitales latinoamericanas.

Texto completo en http://www.redalyc.org/pdf/198/19891408.pdf